COLOMBIA, UN POTENCIAL NATURAL Y UNA GESTIÓN PÚBLICA DESILUSIONANTE
Hablar de reservas naturales, de una posición geográfica estratégica, de ríos y mares, de municipios y regiones dignas del turismo, de gente amable, de fiestas culturales, es hablar del país al cual pertenezco, Colombia. No obstante, también nos encontramos frente al país en el que la gestión pública se ha convertido en general desilusionante.
Si nos devolvemos a mirar un poco la historia de Colombia nos encontramos con una guerra de paridos políticos, el surgimiento de grupos al margen de la ley que nacen con una ideología diferente a la del estado, pero que con el paso del tiempo la amnesia se apoderó de ellos y hoy no saben siquiera por qué luchan.
Hoy, tantos años después del inicio de la guerra en Colombia muchas cosas siguen estáticas y otras son tan variantes que hasta nos confunden, ahora no se pierde la vida por un partido, pues la política cumple a la perfección la práctica del dinamismo y los que hoy son conservadores, mañana serán liberales; pero lo que es realmente preocupante es que hoy no existen proyectos políticos y la gestión pública ahora es tan baja y estacionaria que solo deja pobres resultados económicos a altos costos sociales.
No me siento orgullosa de la Colombia que se olvida de las minorías, de esa casi ley que dice que los ricos cada vez tienen más y los pobres cada vez menos, tampoco del pensamiento de la dirigencia política, que cree que por ocupar un cargo público, el estado tiene la obligación de sostenerlos.
Del mismo modo reclamo la falta de metas comunes que unifiquen, que nos dejemos de ignorar los unos a los otros, que la educación y la salud dejen de ser un imposible para todos aquellos que han sido victimas de una guerra de la cual no son responsables. No me siento orgullosa de la Colombia en la que se compran votos, en la que se hacen reformas políticas para incluir a las mujeres y aún así quedan solo un 30% de participación; no enaltezco el nombre de aquellos que olvidaron que s principal objetivo era el bienestar del publo.
La pobreza es un delito y la riqueza una prisión.
Hablar de niños no es mi fuerte, no por falta de conocimiento de la situación que viven y el lugar que ocupan en la sociedad, es solo que me parece un tema bastante argüido y conmovedor y por el cual, confieso, siento una gran impotencia.
Pero esta vez, luego de visitar diferentes barrios de Medellín buscando información para un trabajo académico y trayendo a mi mente los recuerdos del otro lado de la ciudad, donde los niños tienen un cielo privado; parecía haber encontrado el tema perfecto para la columna de esta semana.
Cuando estaba en el colegio escuché que en América latina se fabrica pobres, pero se prohíbe la pobreza, en ese entonces era tan joven que no entendía el por qué de esa afirmación, pero ahora tengo todos los argumentos para decir que los niños pobres no son más que el resultado de una realidad que no les pertenece, de un suburbio en el que se disputan la basura, los juguetes y videojuegos que los niños de clase alta ya no usan.
Miles de niños viven en la calle en absoluta pobreza, aspirando pegamento, sus camas no son más que unos costales, su alimentación es la sobra de aquellos que se hastiaron de comer. Mientras los niños ricos juegan a la guerra con rayos laser, ya las balas de plomo están acabando con la vida de aquellos a quienes la sociedad los reprime, los vigila y les castigas por ser pobres.
Muchos de ellos son hijos de familias campesinas, que han sido brutamente arrancados de su tierra y se han desintegrado en la ciudad, otros fueron enviados por sus padres a enfrentarse con la escuela de la mendicidad y nunca más los volvieron a encontrar y los demás como los anteriores, son los que no tuvieron la oportunidad de ir a la academia, de tener un balón, un trompo, bolas de cristal y peor aun, los que no tuvieron motivos para soñar.
Son los niños pobres los condenados al desamparo y quién creería, que aquellos que no alcanzan a percibir la realidad porque solo la miran desde la ventana de su alcoba, que solo conocen el camino de su gigante casa al centro comercial, los que están fuera del tiempo y del espacio, que son educados en la realidad virtual, es decir, los niños ricos, son prisioneros de la opulencia, de sus mansiones, de circuitos cerrados de televisión, del poder que ejercen sus padres, del blindaje de sus carros que parece cubrir también sus vidas.
Mientras la pobreza se difunde a un ritmo implacable, enmascarada y aturdida por la soledad y el miedo, la riqueza se concentra en un mundo construido para unos pocos, una riqueza que solo se siente en las manos, representada en los lujos y en la ostentosidad. La misma que hace que los niños olviden que es mejor ir a un parque con los padres que con la empleada del servicio, que no conozcan la diferencia entre las cosas sutiles y sencillas y la complicada vida que propone la sociedad de consumo.
Entre una punta y otra hay algo en común, es ese estado de inocencia que se ve transgredido por la necesidad y la ignorancia de la realidad, son esos pocos años de edad que los convierten en victimas de lo que la sociedad hace con ellos y es que nadie les preguntó si querían dejar de ser niños para convertirse en las fichas que no se tienen en cuenta en el mundo que cada uno habita.


